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La verdad sobre “el Libro de la Verdad”

y “María, de la Divina Misericordia”

Un ejercicio teológico para reconocer falsos profetas

Un documento invitado – por Ricardo de Valencia


INTRODUCCIÓN

Con el fin de que los fieles puedan ejercitarse en el discernimiento de falsas apariciones y falsos profetas, vamos a plantear un ejercicio imaginario.

(1)  Imagínese que, principalmente a través de Internet, tome impulso una falsa profetisa que se haga llamar “María, de la Divina Misericordia” y que alegue recibir mensajes de Jesús y María.

Para no confundirla con Nuestra Madre mística, la Virgen María, llamaremos a esta falsa profetisa “MDMso”, “María, de la Divina Misericordia, según otro”.

(2)  Para hacer este ejercicio más interesante, vamos a imaginar que MDMso ha escrito y publicado un libro con los mensajes supuestamente recibidos del Cielo y lo llama “el Libro de la Verdad”, alegando que este libro fue anunciado por el profeta Daniel y que es para preparar a los hijos de Dios para la Segunda Venida de Jesucristo, la cual sería inminente, según ella.

Para no insultar al Libro de la Verdad que todos los cristianos conocemos como la Sagrada Biblia, llamaremos a este nuevo libro imaginario “LVso”, “el Libro de la Verdad, según otro”.

(3)  Ahora, el ejercicio que proponemos es éste: Suponga que este escenario se ha convertido en real. Entonces, con solo los elementos citados, ¿podría usted desmontar la autenticidad de dicha profetisa y su libro, aun sin conocer el contenido exacto de sus mensajes particulares?

(“Desmontar su autenticidad”: es decir, demostrar que no puede venir realmente de Dios.)

Le proponemos que lo medite al menos por un momento. Y, entonces, le invitamos a seguir leyendo, pues responderemos detenidamente a este pequeño ejercicio teológico.


DETALLES

¿Qué es el “Libro de la Verdad”?

Si hablamos de un libro físico y material: La Biblia. Si algún libro escrito física y materialmente en tinta y papel merece ese título por excelencia, es la Sagrada Biblia.

Jesús dijo:

“Soy Yo el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí.” [Juan 14:6]

Por lo tanto, aquel libro en el que Jesucristo ha sido y es dado a conocer al mundo —la Biblia— ¿no merece más que ningún otro ser llamado el Libro de la Verdad?


Pero, ¿no habló el profeta Daniel de una “Escritura de la verdad” (que no es la Biblia)?

Hay algunas ocasiones en que Dios quiere destacar, para sus profetas, el carácter firme de unas profecías particulares — más exactamente, los atributos de autoridad, firmeza, verdad y predeterminación de dichas profecías. Para ello, utiliza la figura simbólica de una “escritura”. La expresión de “la Escritura de la verdad” en Daniel 10:21 es una de tales ocasiones. En otros lugares (en Apocalipsis [3:5; 13:8] y otra vez en Daniel [12:1]), encontramos “el libro de la vida” donde estarían “escritos” los nombres de todos los Elegidos.

Al decirnos que unas profecías provienen de aquella virtual “escritura”, humanamente podemos entender que dichas profecías están dadas con autoridad, son firmes, verdaderas y están ya predeterminadas. Y aun prolongando este simbolismo, una de tales “escrituras” puede estar “sellada”, lo cual significa: velado para el conocimiento del hombre hasta el momento en que Dios determine. (Por ejemplo, Apoc 5:1)

¿Qué dice una autoridad humana cuando confirma su veredicto? Dice “está escrito”, como dijo Pilato, “lo escrito, escrito está”. Una autoridad lo ha dictado, ha sido establecido, ya no se puede cambiar. Pues tal es el aspecto de las profecías que Dios quiere que entendamos al decir que una profecía proviene de una “Escritura”.

Naturalmente, cuando se dirige a un profeta, Él no necesita leer aquella virtual “escritura” para recordarse a Sí mismo lo que había decidido antes, sino que aquella es una figura simbólica para que nosotros entendamos el carácter especialísimo de aquellas profecías. Ni tampoco necesita Él que toda esa virtual “escritura” sea volcada en un libro real escrito en tinta y papel; además de que sería materialmente imposible, esa no es la intención de la figura simbólica.

Así pues, de una mística “Escritura de la verdad” —simbólica, mística y no material— es de donde, simbólicamente, salen la verdad de ciertas profecías comunicadas a Daniel alrededor de Dn 10:21 a saber: las relativas a los reyes de Persia y Grecia. Como ya hemos dicho, esta “escritura” es una figura simbólica para que entendamos los atributos de lo que se profetiza — los atributos de autoridad, firmeza, verdad y predeterminación. NO ES una predicción de que un libro físico y material aparecerá en el futuro, o de que debía haber aparecido ya, con ese nombre. Y TAMPOCO ES un concepto místico que compita con la realidad de la Biblia.


¿Sería apropiado dar este nombre —“la Escritura de la verdad”— a un libro profético en particular?

No. En todo caso, a la Biblia entera.

Fácilmente, podemos separar el plano simbólico y el plano material. En el plano simbólico, cabe una sola que sea “la Escritura de la Verdad” (la mística figura referida por Dn 10:21) y en el plano material cabe una sola que sea “la Escritura de la Verdad” (la Biblia). De lo que no cabe hablar es, en el plano material, de dos libros que sean “el Libro de la Verdad”: la Biblia y “otro”.

•  Simbólicamente, se podría decir que la verdad profética contenida en la Biblia bebe de aquella mística y simbólica “Escritura de la verdad” referida por Daniel 10:21.

•  Si descendemos a hablar en el plano material y prescindimos de aquella figura simbólica, podemos llamar cariñosamente a la Biblia “el Libro de la Verdad” porque reúne la mayor parte del conocimiento profético sobre la Verdad que Dios quiere comunicar al hombre.

•  Una vez que hemos descendido a hablar en el plano material, ya no podemos prescindir de hablar de la Biblia. Cualquier otro libro físico y material que se llamase “la Escritura de la verdad” o “el Libro de la Verdad” estaría compitiendo con la Biblia en el mismo plano y, de hecho, estaría invitando a desplazar la dignidad de la Biblia.


¿Por qué Dios no promovería para nuestro tiempo un libro profético con dicho nombre?

Porque causaría confusión, ya que, como acabamos de decir, es natural para un cristiano identificar la Biblia como el libro por el que se nos revela la Verdad, que es Jesucristo. En lenguaje bíblico, diríamos que aquella promoción está causando “escándalo”. (1)

Al precisar “en nuestro tiempo”, queremos decir que la Biblia ya la conocemos por lo que es. No hay vuelta atrás. Según los ojos de los fieles de nuestro tiempo, si algún libro físicamente escrito merece por excelencia el título de “la Escritura de la Verdad”, “las Escrituras de la Verdad” o, en lenguaje moderno, “el Libro de la Verdad”, ese libro es la Sagrada Biblia.

Ya solo el título de “el Libro de la Verdad” dado a otro libro estaría ensalzando ese hipotético libro por encima de la Biblia, sin importar cual fuere su contenido.

Podemos proponer un símil con asuntos de este mundo:

Una agencia publicitaria honesta nunca promocionaría un destino turístico en Francia que se llamase “la alta y panorámica torre de hierro de París” y que no fuese la Torre Eiffel. Aunque existiese o exista otra torre de hierro en París alta y panorámica, tal promoción causaría una confusión tremenda. Inmediatamente, uno pensaría que le están tomando el pelo, o que alguien se está aprovechando de la fama de la Torre Eiffel para montar un negocio turístico que competiría deslealmente con ésta.

Si los cristianos tuviéramos que promocionar un nuevo y único “Libro de la Verdad” más allá de la Biblia, entonces la Biblia —que etimológicamente significa “libro”— sería irónicamente apodada por “llama a la Biblia como tú quieras pero no «de la Verdad».” Lo cual sería una burla hacia la Palabra Sagrada de Dios contenida en la Biblia y los cristianos seríamos el hazmereír de todos, con razón.

Por supuesto, Dios no escogería esta confusión de nombres para un nuevo libro profético. Solo lo harían unos seres humanos que, cegados por el celo de elevar su propio libro “profético” por encima de los demás libros proféticos, se habrían pasado de largo en la elección del nombre.

Como ya dijimos antes, la “Escritura de la Verdad” mencionada por Daniel no se refiere a la predicción de un libro físico y material. Por lo tanto, Dios no se va a encontrar en el “aprieto” de tener que explicarnos “Ah, mirad, no debíais haberos formado la imagen de que la Biblia son las Escrituras de la Verdad, porque ese nombre lo tenía Yo reservado para otro librito (más pequeño) que iba a aparecer en el futuro de Daniel”.


¿Quién es “María, de la Divina Misericordia”?

Si alguna mujer merece ese título por excelencia, es la Santísima Virgen María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre nuestra. El mayor acto de la Divina Misericordia —nuestra oportunidad para la salvación— tuvo lugar a través de la venida de Jesús, nuestro Salvador, al mundo.

Aquel ser humano, no divino, que más cooperó con el plan de la Misericordia de Dios, aquella mujer a través de quien vino Jesús al mundo, por la Gracia de Dios, y a la que conocemos por el nombre de María, ¿no merece más que ninguna otra mujer ser llamada María, de la Divina Misericordia? (2) (3)


¿Por qué Dios no movería a una profetisa con dicho nombre?

Porque, obviamente, causaría confusión, ya que, como acabamos de decir, es natural para un cristiano identificar la Santísima Virgen María como aquella mujer que merece, por excelencia, el título de “María, de la Divina Misericordia”. En lenguaje bíblico, diríamos que aquella promoción está causando “escándalo”. (1)

Vamos a ser más exactos: el título apropiado para la Virgen María sería “María, Madre de la Divina Misericordia” pero, aun así, la cercanía al mismo nombre sin la palabra “Madre” es demasiada como para no causar confusión.

Resultaría que, mientras uno estuviera leyendo y creyendo en los mensajes de la supuesta profetisa “María, de la Divina Misericordia”, estaría siendo incitado —simplemente por la elección de este nombre— a dejar de pensar en la Virgen María como la Madre de la Divina Misericordia, con tal de evitar en su mente la colisión de los nombres.

Imagine que un profeta surgiera en nuestro tiempo, a nivel mundial, que se llamase “Jesús, de la Palabra”. ¿Verdad que usted no lo aceptaría? ¿Un profeta compitiendo con Jesucristo por el mismo nombre y título? Pues, si lo piensa, (aun salvando la importante diferencia de que María no es Divina) igual de absurdo sería que Dios enviase a una nueva profetisa, a nivel mundial, que se llamase “María, de la Divina Misericordia”.

Él no va a poner uno de sus profetas en posición de competir con la Virgen María —la Reina de los Profetas— por el mismo título y nombre “María, de la Divina Misericordia”. Vean que sería el mismo ámbito —el ámbito profético—, y vean la posición relativa: una, supuesta profeta; otra, Reina de los Profetas. ¿Una pieza inferior con el mismo nombre y título que la Reina?

Esto no sería simplemente un escándalo (1) por la confusión causada a los fieles, también sería un insulto a la dignidad de la verdadera María, Madre de la Divina Misericordia. (2) (3) Porque, cuando dos personas en el mismo ámbito público compiten por el mismo nombre y título, ese nombre y título se degradan a los ojos del público (se hacen menos valiosos), y con ello parece que se degrade la dignidad de la primera persona que fue llamada así o, al menos, la importancia del título que se le había dado.

Por supuesto, Dios no escogería esta confusión de nombres. Solo lo harían unos seres humanos que, cegados por el celo de elevar a su escenificada profetisa por encima de los demás profetas, se habrían pasado de largo en la elección del nombre.


¿Qué significa que la Virgen María sea “Reina de los profetas”?

Para empezar, nótese que el argumento anterior sigue siendo válido aun si usted no acepta que María, la Madre de Jesús, sea Reina de los profetas. Porque, si no acepta hablar del ámbito profético, entonces diremos que, en el escenario hipotético del ejemplo, la profetisa MDMso y la Virgen María estarían ambas en el ámbito apostólico y, estando en el mismo ámbito, Dios no consentiría (y menos aún, promovería) que compitiesen por el mismo nombre y título de “María, de la Divina Misericordia”.

Sobre la posición de María en el ámbito profético: Profetizar no es simplemente predecir el futuro como en una bola de cristal. Profecía es, sobre todo, administrar el consejo sobrenatural de Dios para orientar nuestras acciones en una época de la historia frente a las amenazas del futuro. En este sentido, la mayor profecía vino de la boca de la auténtica María, Madre de la Divina Misericordia: “Cualquier cosa que Él os diga, hacedla.” [Juan 2:5]

En cuanto al título de Reina, muchos cristianos vemos a la Virgen María en la descripción del libro del Apocalipsis: “Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas, ...” [Apoc 12:1]

¿Y por qué no podría Dios, en su soberanía, elegir aquel nombre, a pesar de todo, para una nueva apóstol o profetisa?

Obviamente, Dios no quiere causar confusión. En el contexo que hemos explicado —dar un nombre a un apóstol de visibilidad mundial— es una imposibilidad que ese nombre (“María, de la Divina Misericordia”) fuese dado por Dios, porque inevitablemente causaría escándalo y confusión sobre los fieles, como ya hemos explicado.

No vale decir que “Dios puede dar ese nombre si quiere, porque tiene la soberanía y autoridad para hacerlo”. Muy bien, aceptemos que Él tiene la soberanía y la autoridad para contradecirse a Sí Mismo, si quisiese. Pero no quiere. Causar confusión sobre sus fieles —e igualmente degradar la dignidad de la auténtica María, de la Divina Misericordia— contradiría Su Amor. Y Él no va a contradecirse a Sí Mismo.


¿No puede una monja, por ejemplo, llamarse “María, de la Divina Misericordia”? ¿No es un nombre legítimo?

Hay una GRAN diferencia entre el uso de un nombre religioso a nivel local, por ejemplo en un convento, y el mismo uso pero a nivel mundial, desde un pódium apostólico.

En el primer caso, la función del nombre religioso (si no es abusado) es de recordatorio cariñoso de los asuntos del Cielo. En el segundo caso, dada la amplitud y diversidad del público mundial, es inevitable que el nombre sea visto como una descripción, mérito o título propio de la persona designada con ese nombre.

En la cultura católica, una religiosa puede tomar un nombre religioso que honre a Jesús, a María o a algún santo de su devoción. Por ejemplo, puede llamarse María del Sagradísimo Sacramento o Teresa de Jesús. Si toma aquel nombre no como una descripción de sí misma sino como un recordatorio constante de los seres que ama, estará honrando a Dios y a sus seres queridos del Cielo. Y, si está verdaderamente inspirada por Dios, elegirá un nombre que no cause confusión, ni a sí misma, ni a su entorno.

Otro asunto muy distinto es que una persona, desde un pódium desde el que se promocione una obra religiosa a nivel mundial, tome públicamente posesión de un nombre que describa un título o dignidad que los cristianos asociamos a Nuestro Señor Jesucristo o a la Santísima Virgen María. En ese contexto, que no es un contexto local y controlable, la confusión es inevitable. Es, en lenguaje bíblico, una “causa de escándalo”. (1)


¿Qué profecía importante podríamos creer de una profetisa que se llamase “María, de la Divina Misericordia”?

Si usted está dispuesto a considerar una profecía cristiana, le sugerimos ésta siguiente, transmitida por San Juan en el Libro del Apocallipsis:

Cuando el dragón se vio precipitado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al varón. Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande para que volase al desierto, a su sitio donde es sustentada por un tiempo y (dos) tiempos y la mitad de un tiempo, fuera de la vista de la serpiente. Entonces la serpiente arrojó de su boca en pos de la mujer agua como un río, para que ella fuese arrastrada por la corriente. [Apoc 12:13-15]

Imaginen, por ejemplo, que miles de personas busquen en Internet la combinación de palabras “María” y “Divina Misericordia” y que se encuentren un torrente de páginas que, en lugar de hablar de la relación entre la Virgen María y la Misericordia de Dios, hablen de otra persona, una mujer que reclama una posición religiosa y mundial destacada, junto con su propia versión de amalgama y adulteración de Profecías Marianas auténticas. Si eso no es competencia desleal para desplazar a la Virgen María y su Santo Nombre, ¿cómo lo llamaría usted?


¿Qué podría hacer un conspirador, detrás de la falsa profetisa, para atenuar las contradicciones que hemos explicado?

(No nos preocupa “dar ideas” en este caso porque estamos proporcionando el antídoto simultáneamente y, así, sirve como ejercicio teológico para que los fieles estén prevenidos contra escenarios de este tipo.)

Podrían poner en bandeja a sus seguidores un nombre alternativo para la Biblia, por ejemplo “el Libro de Mi Padre”, supuestamente dicho por Jesús; y asimismo un nuevo nombre alternativo para la Virgen María, por ejemplo, “la Madre de la Salvación”.

Serían nombres que, sin ser técnicamente falsos, apartarían de la mente de sus seguidores la urgencia de preguntarse: ¿Por qué no se llama a la Biblia “el Libro de la Verdad” antes que a otro? ¿Por qué no llamar “María, de la Divina Misericordia” a la Virgen María?


CONCLUSIÓN

A través de este documento, esperamos haber ilustrado bien que, para discernir la falsedad de supuestos profetas, la mayoría de las veces no es necesario sumergirse en largas lecturas de todos sus mensajes, sino que basta un examen iluminado de las partes más visibles para reconocer las contradicciones, lo cual nos ahorrará tiempo para dedicarlo a la oración y otros asuntos que sean verdaderamente de Dios.



NOTAS                
(1) Prevención de Escándalo dentro de una Iglesia
(2) María, Verdaderamente Madre del Hijo de Dios
(3) Divina Misericordia - La única esperanza para la humanidad



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Publicado el 6 de Abril de 2026

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